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LANDSCAPES OF NEW YORK (1996-1997)
Pilar Giró,
Historiadora y crítica de arte.
Esta serie será el inicio de una nueva etapa tanto
en la vida como en la obra de Pablo Rey. Desde el punto de vista personal
Nueva York significó un espacio de libertad en el sentido de encontrar
gracias a la distancia física, una soledad querida y necesaria
para poder tomar una serie de decisiones que serían determinantes
en la definición de su futuro. Encontrarse a uno mismo para luego
enfrentar la pintura es un ejercicio de valentía y respeto. Respeto
hacia sí y honestidad para con los demás. Medirse a la pintura
y cuestionarle que más se le puede aportar, para llegar a la conclusión
que sólo mediante el trabajo se hallan las respuestas, es un paso
previo a lo que se traduce como madurez pictórica en su obra.
Nueva York significa un punto de inflexión no sólo en la
vida sino también en la obra de Pablo Rey. “Recuerdo que
cuando estrené mi estudio de Brooklyn y empecé a pintar,
realicé unos cuadros marcadamente influidos por los últimos
que pinté en Barcelona antes del viaje. Enseguida me parecieron
distantes y forzados, me di cuenta que continuar en la brecha de lo hecho
hasta entonces no tenía ningún sentido. Mi mundo y mis circunstancias
habían cambiado radicalmente, podría decirse que habían
sufrido un giro de 180 grados, así que decidí hacer tabula
rasa en mi obra y empezar de cero a partir de la nueva experiencia americana”.
Son diversos y variados los parámetros a tener en cuenta para comprender
la traducción pictórica de como son asimilados estos cambios
y ver que todos ellos participan en el resultado final de la obra. Desde
el cambio del óleo por el acrílico respondiendo a cuestiones
meramente funcionales y que tendrá un papel decisivo en la ejecución
de la obra, hasta la incorporación en diversos períodos
y en diferentes medidas de la influencia de la pintura americana realizada
por Pollock y De Kooning, y del histórico ruso Kandiski.
Tras abandonar la figuración, su obra pasa a participar del discurso
modificador de la presencia en la representación. Los cuadros devienen
intervalos creados que exploran su propio espacio en el ámbito
de la pintura. Descubren una mirada capaz de descomponer y escudriñar
lo aparente. En Landscapes of New York Pablo Rey partirá principalmente
de visiones de la calle. Le inquieta expresar la realidad que le rodea.
En esta nueva serie plasma su particular percepción de los paisajes
que conforman la ciudad, paisajes del alma, de los sentimientos que despierta
la gran urbe, traducidos en atmosferas que suscitan la mirada táctil.
Le inquieta poder representar la realidad que le rodea, las visiones de
la calles, las sensaciones que recibe. Se interesa por la experiencia
vital de la ciudad, con una fijación especial en el muro y en el
graffiti, aunque su atención se centra más en la idea, en
el concepto visual y la actitud que no en la mímesis formal de
lo que representan los elementos antes mencionados.
Es curioso que a los neoyorquinos les sorprendiera el título Landscapes,
refiriéndose al concepto de urbe, alejándose de la idea
de naturaleza. Quizá porque esa mirada bucólica del paisaje
que irrumpió la mirada europea en el siglo XVII, cuando la campiña
además de ser el espacio de trabajo del campesino pasó a
ennoblecer los interiores de los palacios.
La ubicación de Pablo Rey en New York extrapola a la contemporaneidad
la selva oscura que también marcó la metáfora de
un punto de inflexión en Dante, cambiando la frondosidad de la
naturaleza por el acero, el vidrio y el asfalto; buscando a ese ser capaz
de transformar el mundo. La distancia física entre New York y Barcelona,
estar alejado de la familia, los amigos y sobretodo del influjo paterno
supone un puente tendido a la libertad de decisión. Asumir esta
responsabilidad le comporta cuestionarse profundamente quién es
y qué camino debe seguir. Estas son otras de las razones que marcan
la importancia de su etapa estadounidense y por ello la afirmación
de Pablo Rey cuando dice “en New York supe que era pintor”,
y allí empezó a buscar la pintura.
Obviamente que está presente su anterior formación en bellas
artes, pero el objetivo del máster es dar respuesta a la pintura
y no pintar por pintar. Por eso Pablo Rey siempre recuerda lo difícil
que resulta, la carga que supone, coger un pincel después de Velázquez
o Cézanne, Kandinsky o Pollock. Probablemente asumir dicha responsabilidad
pictórica le lleva a enfrentarse con su legado cultural y aparece
en la tela una especie de informalismo. Incorpora la materia pero buscando
una textura de vacío, todo lo contrario del informalismo desarrollado
por algunos artistas catalanes desde mediados del siglo XX. Da la sensación
como si en su búsqueda de la verdad velada quisiera desgarrar la
pintura, incluso la tela, intentado encontrar su misterio.
Su lenguaje se manifiesta creando desde el umbral, como espacio de encuentro
entre los conceptos de construcción y destrucción. Algunas
veces da la sensación que trabaja desde detrás de la tela,
desde dentro de la realidad, penetrando su piel, incluso rasgándola.
El acto de rectificar mediante la corrección algo existente conlleva
la idea de esta libertad frente al proceso pictórico, atendiendo
aquí tanto al discurso como al proceso. El óleo invita a
ensuciar el cuadro, impregnándose de pintura todo acto de corrección.
Pintar con acrílico le obliga a no poder corregir la pintura y
por ende limpiarse de ella usando medios ajenos para llevar a cabo la
necesidad de modificar el espacio. En este proceso llega a utilizar la
máquina de lijar sobre la tela pintada. El azar implícito
en la ejecución del nuevo método y el hecho de utilizar
un proceso ajeno a la pintura le acerca a esa libertad buscada.
La corrección de algo existente buscando una nueva realidad le
pauta el camino encontrado en la pintura. Pasado y presente se aúnan
frente a los objetivos que Pablo Rey plantea a la pintura. El existente
se aleja de la forma del objeto sustancial, incluso del referente. Surgen
espacios de conciencia, entendiendo que la conciencia es la verdad del
ser, la verdad como presencia encontrada en la magia de la representación.
Esta nueva realidad implica construir un espacio pictórico nuevo
y autónomo.
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